Mi vida

Nunca sabré si fui yo quien llegó a la pintura, o la pintura llegó a mí para cambiar mi vida. Lo que tengo claro es que llegamos para quedarnos juntas para siempre.

“Las raíces de la educación son amargas, pero la fruta es dulce” (Aristóteles)

Nací en Madrid y creo que, por parte de madre, mis ascendientes madrileños se remontan al siglo XVII, algo que, tratándose de una ciudad tan de aluvión, no debe ser muy común. La familia de mi padre proviene de Asturias, del Concejo de Salas, una tierra preñada de historia y de mitos, de castros y de encantadas (que así llaman en esta villa a las xanas).

Vínculos con el arte los he tenido desde que tengo uso de razón, pues recuerdo cómo mi padre me inculcó la admiración que debía sentir por el magnífico mausoleo de la Colegiata salense que el Gran Duque de Alba encargara a Pompeyo Leoni, en honor al Inquisidor General don Fernando Valdés, hijo destacado de este rincón del occidente asturiano. ¡Y cómo no sentir devoción por el Santísimo Cristo de Velarde  de la catedral de Oviedo!

Sin embargo, es a mi madre, mujer cultísima y economista como mi padre, a la que debo la mayor parte de mi acercamiento al mundo del arte. Ella nos llevaba, desde muy pequeños, por los distintos rincones de España, a ver monumentos y obras de arte que yo, despectivamente, llamaba “preciosidades”. -Hoy no vamos a ver más preciosidades, ¿verdad, mamá?-, le decía, cansada de tanta historia y tanto arte. Pero ahora comprendo que esas fueron las raíces de mi pasión por la Historia y por la pintura.

“Nunca se es demasiado viejo para establecer un nuevo objetivo, o para soñar un nuevo sueño”        (C.S. Lewis)

En Geografía e Historia cursé mis estudios universitarios, especializándome en Historia Moderna de España, que culminé con el mejor expediente de mi promoción. De la Monarquía Hispánica de la primera mitad del siglo XVII y su relación con las provincias de Ultramar versó mi Memoria de Licenciatura y el contenido de mi Tesis Doctoral, y a la investigación y a la docencia en la universidad dediqué los siguientes años. Ingrata labor, en muchos casos, la del docente que, reconozco, fue minando mis ilusiones en ese ámbito y me fue despertando las de artista.

 ¿Cuándo empiezo a pintar? Creo que, desde siempre, ha estado presente en mí una inclinación por la pintura. En casa, mi hermana mayor y yo hacíamos, de pequeñas, un perfecto tándem: ella ideaba historias y yo las pintaba. Hicimos una novela policíaca así, con guion suyo e ilustraciones mías; y fueron infinitas las historietas (con viñetas) que compusimos y que aún guardo con cariño.

 

“La marca del espíritu sobre la forma” (Eugenio DÓrs)

 

En vacaciones, desde muy pequeña, pintaba pitufos, personajes de Disney y retrataba personas. Mi primer retrato “serio”, a lápiz, fue de Charlot, en las navidades de 1975, cuando murió. Tenía ocho años y recuerdo que aquello me impresionó mucho y le quise hacer mi pequeño homenaje, pintándole en un enorme cuaderno de dibujo. Todavía lo tengo. También recuerdo pintar a bolígrafo, en clase, la cara de los profesores (generalmente, en forma de caricatura), mientras explicaban. Entre los cuadernos de apuntes hay cientos de ellas.  Yo veía que gustaban porque eran motivo de guasa en clase y de aplauso en casa. Un poco mayor, me puse a caricaturizar a toreros y a actores de cine clásico (otras de mis grandes aficiones).

Pero fue en el año 2015 cuando reconsideré mi vida, siendo varios y poderosos los motivos que me hicieron emprender mi nueva andadura como pintora.

Me he decantado por la temática taurina en mis obras al óleo, por cuanto no creo haya espectáculo más henchido de cromatismo  y más inspirador, que el de la Tauromaquia. Trato en mis cuadros, desde el toro en la plaza,  al toro en el campo, en la riqueza de la dehesa de bravo;  al torero, con sus interioridades, y a cualquier detalle del ruedo o del callejón, de un día de toros. Todo este apasionante mundo en el que se fusionan todas las artes, no podía escapar a mi pincel.

Mis antecedentes pictóricos, sin embargo, son los antedichos. Ni asistencia a ninguna Escuela de Bellas Artes, ni maestro alguno en la materia. Sólo mi afición inveterada y, como digo siempre, un poco de sentido común. Tanto en los más de 140 retratos a lápiz y pastel que haya podido hacer desde ese año , como en la pintura al óleo -desde el otoño de 2017-, pretendo pintar lo que veo, mi realidad. Este realismo aparente no se reduce, por tanto, a “repetir” la realidad, sino a pintar la mía. Heidegger decía que “El arte es poner en la obra la verdad”; pero lo entiendo como la verdad en cada uno, que, en los retratos, es la interpretación que yo hago del alma del retratado. Quiero sacarla a la luz. Quiero que ella y yo  estemos presentes en cada trazo o pincelada que dé. ¿Y hay algo que esté más pleno de verdad que el rostro de un torero? Que lo consiga o no, es otra historia.